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Svetlana Aleksiévich y la guerra de Ucrania

Svetlana Aleksiévich,,y ls guerra de Ucrania

Svetlana Aleksiévich,, Premio NObel de Literatura, con la imagen de fondo de soldados ucranianos enarbolando la bandera de su país

 

Svetlana Aleksiévich la guerra de Ucrania

Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura 2015,opina sobre la invasión de Ucrania, su país natal
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Ana Alejandre

Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, opina sobre la invasión de Ucrania, su país natal


Ana Alejandre

La cronista bielorrusa Svetlana Aleksiévich cuyo nombre completo es Svetlana Aleksándrovna Alexiévich, fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2015.

Nacida el 31 de mayo de 1948, en Stanislav, Ivano-Frankivsk, Ucrania. Hija de un militar soviético de origen bielorruso y de una maestra ucraniana. Su infancia transcurrió en Bielorrusia.

Comenzó a escribir poesía en su etapa de estudiante y artículos que publicaba en la prensa escolar. Cursó estudios de periodismo en la Universidad de Minsk desde 1967 y se graduó en 1972, y a partir de entonces se trasladó a Biaroza, provincia de Brest, donde inició su trabajo como periodista y, también, como profesora de historia y de lengua alemana. Ejerció como reportera en Narowla, provincia de Gómel, y trabajó en la revista literaria Neman, de Minsk, para la que escribe
Desde la creación del Premio Nobel, se han concedido 114 premios Nobel de Literatura; 16 de ellos a mujeres. De las 16 galardonadas, todavía viven seis y dos de ellas lo hacen en Alemania. Una es Svetlana Aleksiévich..

Participó en la revolución que se produjo en el país antes de las elecciones de 2020. Bielorrusia es la única dictadura de Europa. Muchos de sus compañeros en dicha revolución fueron encarcelados y ella consiguió huir del país. En algunas de sus obras, como son en Los muchachos de zinc, o El fin del Homo sovieticus, reúne testimonios reales para crear con ellos un collage literario. Escribió cuentos, ensayos y reportajes. Después de abandonar Bielorrusia, en 2000, residió en París, Gotenburgo y Berlín, aunque posteriormente regresó a Minsk.

Entre sus trabajos periodísticos más importantes se destacan las entrevistas a distintos y relevantes personajes de la etapa soviética y postsoviética. Se le compara con Alexandr Solzhenitsin y se advierte en ella la marcada influencia del escritor bielorruso Alés Adamóvich, al que se refiere como su maestro.

En toda su obra se aprecia que sus textos están a caballo entre la literatura y el periodismo porque ofrecen una prosa documental en la que predominan los testimonios individuales. Un ejemplo de ello aparece en su libro "La guerra no tiene rostro de mujer", en el que entrevistó a mujeres rusas participantes en la II Guerra Mundial. La obra la terminó en 1983; pero, a causa de poner en entredicho las ideas estereotipadas sobre el heroísmo soviético, las autoridades soviéticas la acusaron de tener ideas propias del naturalismo y pacifismo, lo que constituían duras acusaciones en esos momentos y, por ello fue publicada dos años después, gracias al proceso de reformas políticas conocido por la Perestroika. A raíz de la adaptación teatral de esta obra, realizada en Moscú, en 1985, sirvió de apoyo a la Glásnost del régimen soviético, iniciada por Mijaíl Gorbachov. Ingresó en 1984 en la Unión de Escritores de la Unión Soviética, pero no pudo publicar hasta ya iniciada la Perestroika, en 1985, el primer volumen de su ciclo «El hombre rojo. La voz de la utopía». Sufrió acoso por el régimen de Aleksander Lukashenko, presidente bielorruso.

Svetlana Aleksiévich se auto titula "historiadora del alma", por ser una reportera que como ella misma afirma: "Sigo las pistas de la existencia del alma, hago anotaciones del alma... El camino del alma para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El "cómo fue" no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano?" (el fragmento pertenece a la obra "La guerra no tiene rostro de mujer", publicada por Debate). Su mayor preocupación al escribir una crónica es facilitar las pistas al lector para que pueda comprender mejor a quienes son los protagonistas, muchas veces simples víctimas de los abusos que narra, aquellos hechos que ofrecen los tintes más oscuros, sombríos y tenebrosos del supuesto extinto mundo soviético, tanto en el plano político como en el intelectual y espiritual.

En una entrevista reciente, que aparece a pie de página reseñada, sobre la invasión de Ucrania, responde sobre el hecho de que Vladimir Putin, como dirigente, obtiene una gran aceptación por parte del pueblo ruso, según una reciente encuesta, ya que cerca del 70% de la población está de acuerdo y se identifica con su línea política. Svetlana Aleksiévich, manifiesta lo que piensa sobre el destino de los ingresos que obtiene Rusia por el gas y el petróleo y responde que “el dinero lo invierte en el Ejército”. A pesar de que la Unión Soviética fracasó en 1991, en sus obras, aún escribe sobre la permanencia de la época soviética. Lo afirma de forma contundente al decir que “ni el Homo soviéticus -al que se ha referido en sus obras-, ni las dictaduras han muerto, eso es incuestionable”.

Cuando le preguntan si Putin es un dictador responde que “Tampoco se puede explicar todo recurriendo a Putin. También está la propia población. La gente que ha pasado tanto tiempo encerrada en sus casas como nosotros, los europeos orientales, no sabe lo que significa ser libre. ¿Qué queda, entonces, de la dictadura? No solo una economía que no funciona, también las personas educadas en ese sistema”.

Continúa hablando: “Tras el derrumbe de la Unión Soviética, la gente no sabía cómo llenar de vida la democracia. A pesar de que todos nos habíamos manifestado a gritos por ella, pero no teníamos ni idea de cómo se hace eso de ser libre. No teníamos cultura política. Con ese vacío se encontraron los oligarcas... y se enriquecieron. De repente, nos vimos viviendo en un mundo que no queríamos, en un capitalismo depredador en el que unos pocos son muy ricos y muchos son muy pobres. Una vez, en Moscú, un hombre de Tayikistán me contó que no había podido estudiar por falta de dinero y que su mujer tenía que limpiar baños, pero que sus abuelos habían ido a la universidad. Como es natural, estas personas se preguntan si antes las cosas no eran mejores”.

En cuanto a la responsabilidad de Occidente en lo sucedido en Ucrania. la escritora responde: “A veces, pienso cómo habrían sido las cosas si en Bielorrusia nos hubieran ayudado tanto como se ayudó a la Alemania Oriental. Todo habría sido muy distinto. Pero nosotros estuvimos solos. Nos quedamos en la esfera de interés de Rusia”.
Y continúa más adelante: “Hay un refrán que dice que «cuando la casa de un grande se derrumba, aplasta a muchos pequeños. Las personas que ahora son pobres no se interesan demasiado por los crímenes de la época soviética, les dan igual las montañas de libros que hay sobre el tema. Lo viví en primera persona una vez que hablé del gulag en una lectura pública en Rusia. Un hombre se puso de pie y dijo: todo eso es el pasado, lo que me importa es qué puedo hacer hoy para dar de comer a mis hijos. Por eso, mucha gente se distanció de la democracia durante los años noventa. Lo hicieron porque no pudimos ofrecerles un proyecto de vida realista; solo palabras, palabras…”.

A la pregunta de si existen errores en la actuación de Occidente en el derrumbe de la Unión Soviética, su respuesta fue: “Esperábamos que Occidente nos ayudara, pero era muy ingenuo por nuestra parte. ¿Cómo podía ayudar Occidente a una región tan grande? No, no era factible. Pero sí que veo un error: que Occidente siempre haya tenido miedo de Rusia, desde la época de los zares. Occidente no ha querido una Rusia fuerte. Y tardó mucho tiempo en entender que es necesario que Rusia sea democrática porque, de lo contrario, nos irá mal a todos. Perdimos diez años que habrían sido fundamentales para la construcción de una democracia. En ese tiempo los oligarcas se compraron Rusia entera y pensaron que en Occidente los iban a recibir con los brazos abiertos porque ahora ellos también eran ricos. Pero en Occidente se los trató como a criminales, cosa que por otro lado son. Y los oligarcas siguen indignados. No hay más que escuchar lo que Putin repite constantemente: ´En Occidente no nos respetan, no les gustamos, no nos aprecia’.

En 1989 publica Tsinkovye Málchiki (Los chicos de cinc), en la que ofrece los terribles testimonios de madres de soldados rusos que lucharon en la Guerra de Afganistán; en Zacharovannye Smertiu (Cautivados por la muerte), 1993, trata sobre los suicidios de quienes no pudieron soportar el fin de la ideología comunista del régimen soviético; Voces de Chernóbil (1997), fue traducido al español en 2006, obra que trata sobre quienes se sacrificaron a raíz de la catástrofe nuclear de Chernóbil. El libro ofrece la extensa y exhaustiva información recogida en las entrevistas realizadas a más de quinientas personas, durante diez años, que fueron testigos del desastre de Chernóbil, Ucrania. En la obra "El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo", publicada en 2014, es la radiografía del final de la utopía comunista soviética.

Svetlana Aleksiévich no sólo realiza trabajos de investigación periodística, sino que su inquietud creativa le ha llevado a escribir tres piezas teatrales y veintiún guiones de cine.

Su carrera profesional recoge innumerables galardones y premios a partir de 1996 cuando su carrera estaba consolidada. Ha recibido importantes premios internacionales como el polaco Ryszard-Kapuscinski, en 1996, el Premio Herder, en 1999, y el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán, en 2013, entre otros. En 2015 le fue otorgado el Premio Nobel que pone de relieve y respalda no sólo su inmensa labor, sino también la realizada por generaciones de grandes cronistas que ahora ven reconocido su incansable esfuerzo por narrar la realidad de este mundo caótico en la figura de Svetlana Alexiévich.

En España sólo se han publicado cinco de sus libros dedicados a narrar el terrible infierno que supuso la utopía comunista, la pesadilla en la que se transformó el sueño de la razón soviética, que confirmó lo dicho por Goya cuando afirmó que "la razón crea monstruos". Los cinco títulos publicados son «Voces de Chernóbil. Crónica del futuro» (Casiopea, 2002 y De Bolsillo, 2015), «El fin del homo soviéticus» (El Acantilado, 2015), «La guerra no tiene rostro de mujer» (Debate, 2015); «Los últimos testigos. Cuentosnada infantiles» ( 2017).

ebate la publicado en 2017).
La propia autora ha afirmado "He escrito cinco libros, pero, en realidad, llevo casi cuarenta años escribiendo una única obra, consistente en hacer la crónica de lo que fueron los Gulag –campos de concentración estalinistas-, las guerras, la catástrofe de Chernóbil y la desintegración del Imperio Rojo. Atrás queda un mar de sangre y una gigantesca fosa común", según ha manifestado en recientes declaraciones.

Svetlana Aleksiévich ha demostrado que la realidad supera a la ficción en sus relieves más siniestros, y que la crónica de la realidad puede estar dotada de técnicas literarias que la convierten en auténtica literatura, aunque también trufada de connotaciones cinematográficas: planos cortos, medios y largos en cuanto al enfoque de la narración; diálogos medidos e intercalados en la narración de los hechos, ritmo creciente en intensidad, montaje de la estructura narrativa que ofrece lo mejor de la técnica cinematográfica para que el lector se vea envuelto en los sucesos narrados por sus protagonistas sin perder, por ello, su naturaleza de narración escrita.

No hay mejor definición sobre la magistral obra literaria y periodística de esta extraordinaria mujer que lo que dijo el propio jurado del Premio Nobel de Literatura, en el acta de concesión de dicho alto galardón, cuando afirmaba que se le concede por "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo".
Svetlana Aleksiévich vuelve a estar de actualidad porque su obra literaria y periodística pone de relieve de forma trágica que el horror que ella describe en sus libros sobre la extinta URSS se ha convertido en una trágica realidad en estos días, porque como la escritora afirma continuamente, “el homo soivieticus ni las dictaduras han muerto, eso es incuestionable”. Aunque, en esta ocasión, parece estar representando a una ideología opuesta, porque el mal tiene muchos rostros y disfraces, pero sigue siendo siempre el mismo en toda época y lugar.

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*El correo, Xl Semanal, 22 de febrero de 2022.

 

Edición nº 58, enero/marzo de 2022